SANTO CRISTO EN SU ULTIMA PALABRA (Aniceto Marinas)

 

La imagen del Santo Cristo en su Última Palabra de dimensiones 330x160 cm data del año 1947 procedente de la Exposición de Arte Moderno de Madrid y está realizada en madera de cedro policromada.

 

Fue seleccionada en la exposición “El Árbol de la Vida” de la fundación Las Edades del Hombre en la Catedral de Segovia, en 2003.

               

Es considerado por los expertos como “una representación sentida de Cristo vivo en la Cruz con importantes precedentes iconográficos”, y caracterizado por un notable patetismo.

 

En esta escultura, vemos que el cuerpo abandona el plano medio torciendo levemente la cabeza hacia su izquierda de manera flexible sin llegar a ser un movimiento forzado. Así, la visión de costado es casi tan importante como la principal.


Movimiento: La imagen del Cristo tiene movimiento “de caída”; esta adherido a la cruz, y los pies no descansan, dándonos la sensación de que se escurre.

 

En esta escultura se palpa una tensión latente. Se acumula mucha energía en sus piernas o brazos, pareciendo que va a ponerse a hacer bruscos aspavientos.

El vestido: el paño de pureza se coloca de manera desordenada, cubriendo con amplitud la parte trasera de los muslos, pero que deja casi al descubierto el perfil del pie izquierdo sujetado por un cordel. Este paño se adhiere al cuerpo con pliegues en líneas paralelas, que recuerdan a los imagineros de los maestros del siglo de Oro de la Escuela Castellana.

 

La expresión: Analizando la magnífica lección de anatomía que nos brinda esta escultura son varios aspectos los que destacan sobremanera:

 

Su rostro es agonizante, para lo que el autor estudió el rostro de muchos moribundos. En el destaca su patetismo; la boca entreabierta expresa un estado de angustia; al igual que los ojos vueltos hacia arriba que tienen una gran expresividad. Además tiene la cabeza inclinada y la mirada alta apoyando este patetismo.

El tórax es perfecto, para lo que sirvió de modelo su sobrino.

 

Las manos también nos brindan una importante lección anatómica. Cuando una fuerza incide en el centro de la palma de la mano, esta tiende a contraerse inclinando los dedos en dirección hacia dicha fuerza.

 

El Cristo, por su tamaño, necesita de una peana lo suficientemente alta para sostener parte de la cruz y dar estabilidad en el montaje y la procesión a la imagen. La peana del Cristo es roja con bordes dorados.

 

 

El Cristo de la Ultima Palabra (Daniel Cuesta Gómez SJ)

 

El Santo Cristo en su Última Palabra es una imagen que puede pasar desapercibida tanto en la iglesia de San Millán como en los desfiles procesionales. En la iglesia, porque ya de por sí el templo impresiona y las miradas se van hacia el altar mayor con su Cristo Crucificado gótico, hacia el ábside de la Soledad o hacia las pinturas murales de la pared de la torre, siendo muy pocos los que se fijan en el ábside del Cristo. Y en la procesión, porque la mayoría de la gente mira al Cristo y le ve pasar con devoción, pero espera ver aparecer unos metros más allá la impresionante imagen de la Soledad al pie de la Cruz.

 

Con todo, creo que el Cristo de la Última Palabra es una obra magnífica, tanto desde el punto de vista artístico como desde el de la fe que pretende transmitir. Conviene recordar que es una talla realizada ya en la madurez de la producción de Aniceto Marinas. Concretamente en el año 1947 a la edad de 81 años. Un momento en que ya la gubia no se movía con la facilidad de los años de juventud, pero por el contrario había adquirido un estilo y un sello propio que se encuentran impresos en la fuerza de la imagen.

 

El tema del Cristo de la Agonía (tal y como él lo llamó en un principio) no es una iconografía novedosa. En el arte español abundan las representaciones de este instante, y sin duda Marinas conoció el magnífico Cristo de la Agonía (o de Lozoya) de Manuel Pereira, durante los años en que fue monaguillo de la Catedral. Pero pese a todo su conocimiento y a la tradición escultórica española, sabemos que Marinas se encontró con problemas y dificultades a la hora de realizar la escultura, tal y como advertimos en sus propias palabras:

 

En cuanto a la imagen del Crucificado, le represento en el momento en que dice su última palabra, trance entre la vida y la muerte, cuya expresión es siempre muy difícil de conseguir y sobre todo en Nuestro Señor, que al par de humano es divino; por lo que a nuestra mente es difícil de imaginar cómo debió ser la expresión, pese a todo nuestro saber y valía de artistas.[1] 

 

Ciertamente Aniceto Marinas no está tratando de realizar una imagen apoyándose en la tradición artística. Parece que está pensando en una obra de un creyente más que en la de un genio. Una escultura realizada al final de su vida, cuando intuía en el horizonte su propia muerte. Una talla que quizá quiso convertir en una oración confiada al Padre al final de sus días. Una obra que fuera un “canto del cisne” de su vida de fe. No en vano, es una imagen con la que pretende completar su personal regalo a la parroquia de San Millán, donde había sido bautizado y donde había comenzado a creer.

 

Así, el Cristo de la Última Palabra no es un Cristo de una anatomía perfecta, de trabajada musculatura ni espalda ensangrentada. No se inscribe pues en la desgarradora tradición de la Escuela Castellana. Se trata por el contrario de la imagen de un hombre trabajado por la vida -así lo atestiguan su delgadez y su piel morena en la que se aprecian sin dificultad las costillas y los huesos. Es el Jesús que recorría los caminos sin tener muchas veces qué comer. Es el Cristo de las largas noches en vela en oración. El de la vida dura y difícil de carpintero de Nazaret primero, y de predicador por los caminos después. De hecho, ante su imagen resulta fácil comprender aquello de “tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos"[2], puesto que su cuerpo nos recuerda al de muchos pobres y enfermos trabajados por la vida, que también hoy habitan nuestra sociedad aunque a veces no los veamos.

 

Pero tal vez lo que más impresiona de esta imagen sea el constatar que está plasmando en la madera el instante anterior a la muerte. Vemos como el paño de pureza de tela hebrea que se desliza por su pierna no nos oculta su vientre. Es un vientre contraído, el de un cuerpo al que ya le está faltando el aire, cercano a la muerte por asfixia que producía la crucifixión. Lo mismo ocurre con el pecho, que está en tensión al intentar retener el poco aire que le llega, a la vez que hace un gran esfuerzo al sostener el peso de unos brazos que -cansados ya de luchar- han dejado caer todo el peso sobre su tronco, sin oponer ahora resistencia alguna. Si, se trata del cuerpo de un hombre que se está muriendo.

 

Pero el sentimiento de la hora de la muerte en el Cristo de la Última Palabra no es algo solo físico, sino que nos lleva más allá, hacia el fondo del alma. Así lo refleja su rostro en una cabeza que quiere mantenerse firme, mirando hacia lo alto, aunque para ello esté utilizando las pocas fuerzas que le quedan. Es su hora, el instante decisivo, y por ello Jesús eleva sus ojos al Cielo, al Padre que nunca le ha fallado y en el que sigue confiando a pesar de estar en un momento de sufrimiento y abandono. Su mirada transmite esa confianza en Dios, pero en ella también se vislumbra el miedo ante la muerte pues, en palabras de Marinas “a la par que humano es divino”.                

 

Por último está el detalle de su boca. Una boca que está entreabierta después de haber narrado el grito que narra el Evangelio. Y una boca de la que parecen estar saliendo las sílabas de la última palabra del “¡Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu!” [3].Una boca de la que pronto saldrá el último suspiro, el que hará que sus labios se apaguen mientras su cabeza cae vencida sobre su pecho.               

 

Y así, con todo este mensaje espera el Cristo de la Última Palabra a quien se quiera parar a contemplarlo, a rezar ante él en el ábside del Evangelio de la iglesia de San Millán o a quien lo mira avanzando lenta y pausadamente por las calles de Segovia, camino de la Catedral. Una gran obra de un no menos gran artista, una impresionante manera de concebir y representar la muerte. Pero sobre todo, una invocación a la esperanza y a la confianza en un Dios que no abandona en la muerte, sino que da vida en la resurrección.

 



[1] PARÍS ARRIBAS, M. Semana Santa, paso a paso. Segovia, Diputación Provincial de Segovia, 1996. pág. 88.

[2] Filipenses 2, 7.

[3] Lucas 23, 46.